La primavera avanza


Autor: Ángel González
Editorial: Visor
Fecha de publicación: 2013
Páginas: 252

 Ha sido el último libro de poemas que leo y me apetecía bastante descubrir esa melancolía en negro sobre blanco que nos traslada a cada a uno a un viaje por un pasado personal e intimo. Soy un apasionado de las ediciones de VISOR. Libros con una portada sutil y nada sosa. Sin ilustraciones en las páginas, sabiendo que lo único que vas a ver es lo que quieres, poemas de tinta envueltos en verso, totalmente sentimentales.

Al ser una antología poética, se ve el progreso en diferentes etapas donde en algunos de sus poemas se observa hacia donde apunta el autor. Por ejemplo, en sus primeros poemas podemos ver a los primeros amores o el reflejo de esa España gris de posguerra. En otras, en cambio vemos una estructura mejorada navegando por la melancolía, aquel amor imposible, declaraciones personales o incluso la perspectiva de la muerte. Eso hace que siempre haya varios poemas que los haces tuyos llevándote al momento exacto de ese recuerdo.

Angel González ha sido un privilegio de este país y la única forma de hacerle homenaje es leyéndole. Fue de la generación del 50. Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 y académico y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996 (año de un servidor). Amigo de Luis Garcia Montero o Benjamín Prado, poetas de los que hablaré en un futuro y que siguen manteniendo la poesía a un nivel muy alto. Mis poemas favoritos han sido: Canción de invierno y de verano, El futuro y Me basta así. Este último lo dejo por aquí para ser disfrutado.


Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
                                entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
                    Oigo
constelaciones: existes.
                        Creo en ti.
                                    Eres.
                                          Me basta).

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